Y entonces mis piernas perdieron vida, caí rendida al suelo con mis manos pegadas al cristal intentando conseguir decirte algo, pero no, no pude. Era como si el cristal se hubiera tragado toda la fuerza que había en mí y solamente me hubiera dejado aquel nudo en la garganta y las lágrimas que entonces se deslizaban por mi cara, tan heladas que me daba la sensación que se clavaban en mi piel y sangraban mi rostro.
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